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Educación de la Afectividad

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Educación de la AfectividadLa educación de la afectividad es especialmente necesaria en nuestros días y es básica en una educación integral.  Porque hoy más que en otras épocas a pesar de que se cuenta con mayores medios que en ninguna otra, se está dando entre jóvenes y adolescentes el fenómeno del aburrimiento.  Y coincido con Genara Castillo autora de un libro sobre afectividad en pensar que ello se debe a la manera como se enfrentan a la verdad y al bien, es decir que el problema radica en ¿qué tienen en su  cabeza y por qué se mueven? (cuáles son sus motivaciones). 

Si ellos aciertan en el descubrimiento de la verdad y el amor verdadero metiéndolos en su vida diaria, estarán en condiciones de escapar a la mediocridad y de vivir una vida más plena.

Los seres humanos tenemos tres aspectos dinámicos en nuestro ser tres dimensiones activas que son: la inteligencia, la voluntad y la afectividad, las cuales se encuentran muy unidas de tal manera que si la inteligencia está oscurecida, la voluntad se ciega y la afectividad se desata sin control.  Las dos primeras son las facultades superiores del hombre y están llamadas a ejercer el control de nuestro ser y la afectividad se esclarece en función de ellas.  Es por ello que puede suceder que no sintamos lo que querríamos sentir,  estar triste cuando realmente queremos estar alegres, sentir dolores verdaderos por bienes falsos; como lo que le sucede a una adolescente que rompe con su enamorado por que no le hace ningún bien y sufre de verdad pero por un bien falso.  Nosotros somos los responsables de nuestros afectos, porque otorgamos a la realidad, a las cosas, a las personas, la capacidad de fascinarnos, de repelarnos o de aterrorizarnos.  Quedando claro que si en nuestros sentimientos intervienen  la inteligencia y voluntad entonces dependen éstos, de los criterios y valoraciones que tengamos en la cabeza  y de los hábitos que tengamos en la voluntad, para sentir como sentimos.  Por ello es preciso para un adecuado control de la afectividad y para que esta se enriquezca hay que contemplar la verdad, pensar y decidir correctamente con libertad y responsabilidad y tratar de ejercitarnos en obrar de modo coherente en todo momento.  Hoy  se piensa poco, la voluntad por su parte está menos fortalecida y entonces la acción está dirigida en gran parte a los sentimientos.

Como se sabe los sentimientos humanos son muy variados y complejos, se suele sentir: el amor, el odio, la alegría, la tristeza y la aversión, el temor, la ira, etc. Sin embargo sobre el sentimiento no se asienta una vida, sino empezamos a vivir “según como uno se siente” y eso se transmite a los que viven a nuestro alrededor.  Es importante ayudar a los hijos a conocer esta dimensión humana de la afectividad para ponerse en condiciones de dirigirla adecuadamente para que juegue a favor y no en contra.  Y para ello:

  • Importa mucho conocernos, cada uno es un quién irrepetible.  Frente a una misma situación dos personas reaccionan diferente a lo mejor una siente tristeza y otra puede sentir rabia y ello porque los sentimientos no sólo dependen del temperamento ya que las personas que han vivido algunos años acompañan a este las experiencias, los hábitos, las convicciones, las costumbres y modos de pensar.
  • Evidentemente uno de los medios educativos más adecuados es incidir en las facultades superiores del educando, de su hijo.  Ayudarle a aclararse en el bien (qué es el bien y qué el mal verdadero, orientándole de manera que se alegre con los bienes verdaderos y deje de sufrir por bienes falsos, y que en cambio sepa entristecerse por males auténticos y no por aquellos que los consideramos como tales. Y que vea en los padres ejemplo de vida y coherencia con sus creencias.
  • Debemos tener mucho optimismo y ser constantes, a pesar de encontrar en los hijos una fuerte resistencia a pensar.  Sin embargo lo que vale cuesta por lo que tenemos que ir contracorriente y educar la afectividad empezando por meter la razón y la voluntad en los sentimientos, emociones y pasiones y esto conlleva esfuerzo.

Si se renuncia a pensar, nos condenamos a quedarnos en la oscuridad, a no alcanzar la verdad de nosotros mismos y de las cosas que nos rodean.  Nos dejamos atrapar por las prisas y el trajinar de nuestros días que hace difícil detenerse y pensar.

Razón y voluntad van de la mano, porque hay personas que saben que tienen que hacer y sin embargo  no existe fuerza humana en el mundo que pueda obligar a su voluntad a que quiera y se decida a hacer eso que tiene que hacer, por ello se necesita fortalecer la voluntad con hábitos firmes para que sea capaz de adherirse al bien que la inteligencia le presenta como verdadero.

La afectividad es necesaria pero es importante darle su lugar.

La afectividad es una dimensión operativa humana que junto con la inteligencia y la voluntad constituyen la vida del hombre.

Es muy significativo en la educación de la afectividad atender la capacidad de amar que no es mero sentimiento, amar es la capacidad más grande que tiene todo ser humano y sin embargo no es fácil: exige saber contemplar (saber mirar con profundidad), saber mirar el mundo, las cosas, los hechos y las personas que a uno le rodean con otros ojos, aquellos que llenos de profundidad y cariño, saben encontrar lo mejor de cada quién y de cada cosa (no centrase en el problema ir más allá).  Esta capacidad requiere una continua repetición hasta que se forme el hábito y luego continuar ejercitándolo, porque en este tema si no se avanza se retrocede.

Para aprender a amar se precisa saber contemplar, contemplación y amor van juntos, como sabiduría y donación, acuérdense de cómo se miraban cuando eran enamorados, cómo miraron a su hijo recién nacido; en este nivel no hay cabida para el aburrimiento, porque este sentimiento surge como expresión del egoísmo, que es lo contrario al amor y si no pregúntense ¿Qué hay más aburrido que quedarse en uno mismo?
No hay nada más grande que el amor y no hay nada más humano que entender y amar.

La Afectividad en la niñez

En la niñez la inteligencia y la voluntad todavía no están en marcha y por ello es tan importante cuidar esta dimensión humana de la afectividad.  Y por ello cuenta mucho su sensibilidad y esto es cuidar los sentimientos de los que viven a su alrededor, que deben ser positivos para de esta manera, proporcionarle al hijo buenas experiencias.  Principalmente el niño tiene que ver, oír, sentir que los padres se quieren.  Por ello debe haber una tarea conjunta de los padres porque la afectividad del hijo dependerá de la afectividad de ellos:

  • Hacerle percibir un ambiente de serenidad de alegría, de acogida para que experimente sentimientos positivos.
  • Cuidar en la familia las manifestaciones del estado emocional: el tono de voz, el nivel de respiración, la prisa o la calma con la que se camina o habla, etc. Al pequeño no le pasan desapercibidas esas manifestaciones.
  • Tener una familia estable.  Que los niños noten sin rareza que sus padres se quieren.  Ello ayudará a que los esposos a su vez puedan educarse entre sí tratando de mejorar su amor y la convivencia familiar.
  • El clima de amor es muy importante para el hijo y por ello los padres deben ir en común acuerdo, ejercer bien su autoridad y cada  uno reforzar la del otro, para que el hijo no tienda a ver a uno como el bueno y al otro como el malo.  La falta de cariño entre el padre y la madre puede hacer sentir al hijo no querido y la experiencia de verse abandonado tiene consecuencias como: inseguridad en sí mismo, menoscabo en su autoestima y su desconfianza hacia los padres.  Hay que cuidar su sentimiento de valía personal, nada cuesta decirle ¡qué bueno que existas! ¡tú eres alguien importante para nosotros!.
  • Un medio educativo muy importante es el juego.  Por medio del juego  se le puede enseñar a enfrentarse con las dificultades, a medirse con retos u objetivos, aprender a respetar reglas y a respetar derechos de los demás, aprendiendo a ganar y a perder.

Cuando el niño no es amado, acusa sensiblemente ese desprecio como una falta de valía personal entonces se manifiesta en tristeza, en inseguridad respecto a las propias capacidades, en falta de optimismo frente al futuro, en miedos infundados, etc.  En definitiva, el equilibrio afectivo, lo puede dar Dios, que es el Padre amantísimo por excelencia.  Es por esto que la educación religiosa tiene gran importancia en la niñez y en todo momento, porque aunque a un niño le faltara el reconocimiento paterno, puede saberse amado por Dios y encontrar ahí su seguridad, su centro y su estabilidad.

En general. Todo ser humano está destinado a reconocer su vínculo con Aquél de quien ha recibido la existencia y todos los bienes.

Fuente: Extracto resumen basado en el Libro Educación de la Afectividad de Genara Castillo.

 

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Actualizado ( Jueves, 19 de Junio de 2008 18:28 )  

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