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La Educación del Optimismo, Educar Niños e Hijos Optimistas

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La Educación del Optimismo, Educar Niños e Hijos Optimistas«Confía, razonablemente, en sus propias posibilidades, y en la ayuda que le pueden prestar los demás, y confía en las posibilidades de los demás, de tal modo que, en cualquier situación, distingue, en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que se oponen a esa mejora, y los obstáculos, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría.»

En primer lugar, vamos a considerar lo que es el optimismo entendido como virtud, porque en el uso normal se entiende de diversos modos. Por ejemplo, en un día de lluvia, con el cielo totalmente encapotado, una persona opina: «dentro de poco podremos dar ese paseo que tenemos previsto, porque seguro que saldrá el sol». Y otro dice: «Vamos a encender el fuego y jugar a algo que me han enseñado. Así seguro que lo pasaremos bien». ¿Cuál de estas dos personas es optimista, en un sentido positivo? La primera está falsificando la realidad y la segunda sabe aprovechar las circunstancias reales. La primera intenta cambiar lo real en favor de la meta concreta establecida -dar el paseo-. La segunda se centra en un fin más elevado, pasarlo bien juntos y reconoce que el paseo o el juego son medios.

Por eso se puede considerar el optimismo como una condición personal que permite a cada uno optimizar la situación con realismo o sin realismo El desarrollo de la virtud del optimismo supone ser realista y conscientemente buscar lo positivo antes de centrarse en las dificultades. O ver lo que pueden ofrecer las dificultades en sí.

La intensidad con la que se vive esta virtud dependerá de la capacidad de la persona de distinguir lo que es positivo en situaciones que presentan más o menos dificultades, Algunas solamente son optimistas cuando la situación es totalmente favorable, pero otras consiguen liberarse de la atadura de lo inmediato, fijándose más en lo que persiguen. Esas personas para desarrollar la virtud con intensidad -o sea su capacidad de ver lo positivo en muchas situaciones, aunque presenten dificultades serias- necesitan tener motivos para hacerlo. Estos motivos, según la situación, se basarán en la confianza que esas personas tienen en su propias posibilidades y en la ayuda que les prestan los demás -y teniendo fe, sobre todo en la ayuda que les presta Dios-. Es decir, no puede haber optimismo sin confiar en alguien.

La confianza como base del optimismo

La confianza supone reconocer la situación de cada persona tal como es. Supone conocer las cualidades y capacidades propias y las cualidades y capacidades de los demás. Supone contar con el propio desarrollo de la fortaleza y supone saber, con seguridad, que los demás están dispuestos a actuar en nuestro favor. La confianza, para que tenga sentido, tiene que basarse en la realidad, pero respetando siempre la posibilidad de mejora personal y ajena.

En este sentido, veremos que una persona se conoce suficientemente para ser optimista en muchas situaciones. Sin embargo, llega un momento cuando él mismo no puede resolver sus dificultades, o no sabe cómo sacar algo bueno de una situación que, en principio, parece totalmente perjudicial.

Cuando la persona no puede seguir confiando en sí misma como único interesado en su bien, forzosamente tiene que buscar ayuda para seguir siendo optimista o deja de serlo. Es decir, el optimismo que no se basa en la confianza en Dios, en que Dios siempre nos ayuda y hace todo por nuestro bien, es un optimismo frágil y, además, puede conducir a la persona a un estado de ingenuidad o de soberbia.

Consideremos algún ejemplo para clarificar esta afirmación. En una situación profesional de fracaso, un hombre puede reaccionar con ingenuidad, simulando que no pasa nada, que todo pasará. Así se está engañando. O puede creer efectivamente que él, que nunca ha: fracasado, resolverá la situación, y sigue siendo «optimista» sin ser realista, por soberbia. La persona que se fía únicamente de sí misma se encontrará algún día con una situación que no es capaz de afrontar. Unicamente la confianza en Dios, en que Dios ha querido que fuera así, conducirá a la persona a ser optimista.

Y, aquí quizá convendría aclarar que el optimismo no conduce siempre a una alegría expresada. El optimismo, precisamente porque supone confiar en Dios, en los demás y en uno mismo llevará a la persona a contar con paz interior. La expresión de esa paz puede tornar la forma de gestos o palabras normalmente relacionados con lá alegría, pero no siempre. Por ejemplo, en la muerte de algún pariente querido. Podemos ser optimistas y estar tristes a la vez. El optimismo vence el desaliento, el abandono, pero es la fortaleza la que vence la tristeza.

Pero ¿cómo podemos enseñar a un hijo a confiar en Dios, a confiar en los demás, a confiar en sí mismo, sin ser ingenuo?

Para evitar la ingenuidad, como hemos dicho, habrá que enseñar a los hijos a ser realistas, pero también necesitan conocer el tipo de confianza que debería existir en relación con cada persona. Deben confiar razonablemente. Los hijos deben reconocer que son ellos mismos quienes tienen que responsabilizarse de sus propias vidas. Los padres pueden rnimarles, sustituirles en cosas que deberían realizar ellos y así permitirles ser optimistas temporalmente porque sus padres siempre les resuelven sus problemas. Pero es evidente que llegará el momento en que los hijos tienen que actuar por su cuenta. Por eso, se trata más bien de enseñarles a aprovechar sus capacidades y cualidades y a saber buscar ayudas razonables cuando lo necesitan. Cuando los niños son pequeños necesitan saber que sus padres siempre están dispuestos a ayudarles, pero esta ayuda se debe entender como hacer lo mejor que pueden los padres. Y esto también respecto a otras personas. Por ejemplo, no se trata de hacer pensar a los niños que el médico siempre les va a curar, sino que va a poner los medios más apropiados para que pueda haber una curación. Se puede esperar lo mejor con tal de saber aceptar otra solución menos favorable deportivamente.

En relación con Dios habrá que decirles a los hijos que podemos pedir cualquier cosa a Dios. Sin embargo, porque nos quiere como hijos suyos no nos daxá cosas que no sirvan para nuestro bien. Confiar en Dios supone creer que hará lo mejor para nosotros, no que nos va a satisfacer en algo que nos parece bueno, pero de hecho no lo es. Habrá que.advertir que no es fácil para el niño captar estos matices, porque está centrado en el presente. No entiende por qué tiene que pasarlo mal ahora para luego alcanzar una mayor plenitud humana y espiritual. La dificultad está en que no reconoce la importancia del fin. Se centra más en los medíos.

Por eso será conveniente atender a los hijos, no intentando resolver sus problemas, sino haciendoles esforzarse personalmente y apoyándoles con el cariño, con el amor. Así aprenderán a ser optimistas no porque las cosas siempre les salen bien, sino porque, aunque salgan mal el amor de sus padres está asegurado. El optimismo basado en el triunfo personal reiterado lleva a la persona a una situación de optimismo falso. Cree que es optimista poque no ha fracasado. Pero no es optimista, porque no sabe relacionar lo que ocurre, sea agradable o no, con fines elevados y dignos.

Para concretar, podemos considerar el caso de los niños que, por naturaleza, tienden a confiar en sí mismo, y otros que tienden a desconfiar para saber qué actuación pueden tomar los padres en cada caso.

El niño inteligente, buen deportista, sociable, etcétera, tiene motivos para ser optimista, porque todo lo que hace le va bien y encuentra satisfacción en ello, aunque sea superficial. Sin embargo, si no aprende a confiar en los demás, a necesitar a los demás, y especialmente a Dios, esta satisfacción seguramente no durará, porque no está relacionada con la necesidad de esforzarse ni de reconocer su situación como hijo de Dios. A estos niños habrá que ponerles dificultades; exigirles para que acometan empresas más grandes, que realmente puedan realizar; para que aprendan a aguantar un fracaso con alegría y descubrir lo positivo en una situación que parece, en principio, poco aprovechable. En este sentido, no se trata de enseñarles a encontrar el éxito sin más, sino a saber aprovechar cualquier situación, porque cuentan con sus propias cualidades, con el amor de sus padres, con el amor de Dios.

Los niños desconfiados presentan otros problemas, especialmente si han llegado a desconfiar por haber fracasado continuamente o porque no han encontrado el apoyo de nadie para ayudarles. Las personas que han aprendido a desconfiat porque su situación real lo ha provocado, se encuentran con dificultades importantes para desarrollar la virtud del, optimismo. Precisamente en estas circunstancias es cuando la virtud teologal de la esperanza recobra toda su fuerza. La persona que no tiene fe se encontrará totalmente limitada en circunstancias gravemente dificultosas, a menos que se engañe a sí mismo. Y esto, hemos dicho, no es la virtud del optimismo.

El niño que fracasa necesita más muestras de cariño. Pero sus padres no deberán intentar convencerle de que está triunfando cuando no es así. Más bien se trata de crear situaciones para que el hijo pueda triunfar y llegue a confiar más en sí mismo y en sus padres. Realmente estamos diciendo que tienen que desarrollar la virtud de la fortaleza, porque el niño necesita la experiencia de haberse esforzado en algo que sabe hacer y conseguir lo que se ha propuesto, para aprender a confiar. Y necesita haber recibido la atención adecuada de sus padres para confiar en ellos. Pero si los niños están centrados únicamente en la consecución de estas metas parciales tampoco crecerá la confianza plena en que sedirnenta el amor de Dios. Se trata de combinar el éxito en cosas pequeñas, con el apoyo en momentos de fracaso y con la gradual comprensión de que cada uno, aunque no ve más que sus propias limitaciones, tiene una misión intransferible de glorificar a Dios.

Y aquí nos encontramos con el enfoque que da sentido a todo lo demás. Los hijos que llegan a saber que tienen una misión de servicio en la vida, siempre encontrarán salidas para ayudar a los demás. Por eso, pueden ser optimistas.

La persona que únicamente busca su propia satisfacción continuamente sufrirá desengaños. El desengaño, si se considera como final del proceso, entristece, hace a la persona tomar una postura pesimista. Si lo consideramos como parte imprescindible del proceso de mejora nos llevará a este optimismo, realista, operativo, que buscamos.

No hemos hablado de los hijos mayores al comentar este aspecto de la confianza, porque el optimismo es algo que crece normalmente a nivel humano, desde pequeños para tomar mayor envergadura al incorporar la esperanza sobrenatural. Ya en la adolescencia, los mismos criterios apuntados tienen sentido, aunque si el hijo se ha acostumbrado a desconfiar, eso hará difícil la posibilidad de mejora. De todos modos, el adolescente que se siente querido tiene una motivación inicial para comenzar a desarrollar esta virtud.

Por eso el adolescente que de momento es pesimista puede comenzar un camino nuevo hacia el optimismo en cualquier momento, si nota que alguien le quiere o si nota que alguien necesita de su amor. O cuando se abre a Dios y Dios, que nunca niega el bien para nosotros, le hace ver desde una perspectiva fundamental, las posibilidades de su vida. Siempre se puede volver a empezar. La persona que aprende a hacerlo, que sabe que puede hacerlo porque Dios le ayudará, es optimista. Además, si los padres o algún amigo le ayudan, el proceso será más rápido.

Realismo y mejora

En la descripción inicial de esta virtud dijimos que se trata de confiar... «de tal modo. que, en cualquier situación, distingue, en primer lugar, lo que es positivo en si y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades y los obstáculos, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría».

En la práctica, esto no es fácil porque hace falta tener muy claro cuáles son los criterios que se pueden utilizar para saber lo que es positivo y lo que es negativo, lo que se puede aprovechar y lo que hay que afrontar con deportividad. Anteriormente, hemos hablado de la capacidad de volver a comenzar, que es necesaria, cuando no se ha sabido encajar las cosas en su debido lugardesde un primer momento. En un momento de pesimismo pueden destacarse dos elementos: la dificultad real en la situación a resolver y la dificultad interna de la persona para enfocar la situación adecuadamente. Por ejemplo, si a alguna persona mayor le engaña algún compañero no por eso va a legar a ser pesimista respecto a la atención que puede esperar de los demás en general. Y si tiene desarrollada la virtud del optimismo seguirá aceptando a esa persona, viendo en esa situación una posibilidad de ayudarle a mejorar o, por lo menos, una ocasión en la que él puede practicar la fortaleza. Sin embargo, para un niño el momento de un desengaño, desde algún compañero que no le invita a su fiesta de cumpleaños hasta otra que le ha acusado de hacer algo que no hizo, puede desanimarle en muchos otros aspectos. Con los años nos vamos dando cuenta de la importancia relativa de las cosas que nos ocurren. De niño hay que aprender a diferenciar.

Se trata de mostrar a los niños lo que es importante y lo que es secundario, lo que es significativo y lo que no lo es. Y para hacerlo habrá que centrarles no en la acción, sino en la finalidad, siendo a la vez realistas.

Principalmente, habrá que enseñar a los hijos a analizar sus sensaciones u, opiniones generalizadas. Por ejemplo, el niño que dice a su madre «no tengo nada que hacer» o «en este pueblo no hay nada que hacer» está dando una apreciación falsa de la situación. Los padres tendrán que pensar en el objetivo que pretende conseguir y luego buscar el medio adecuado dentro de la situación real. Otro ejemplo sería un adolescente que dijera «todos los demás niños tienen mucho dinero, pero yo no». Otra vez se trata de preguntar para que el hijo se dé cuenta de lo que persigue. A continuación, habrá que ayudarle a ver con mayor claridad lo que debería perseguir, y luego mostrar nuestra confianza en que lo va a intentar.

Hasta aquí nos hemos referido a las dificultades que existen dentro de cada uno, pero convendría considerar con más detenimiento el modo de enfocar una situación externa, cuando realmente existe algo para estimular el pesimismo.

El realista ve todos los aspectos de la situación y luego los pondera de acuerdo con esta apreciación objetiva -por lo menos lo más objetiva posible-, y a continuación, actúa. Sin embargo, no tiene en cuenta que esa «objetividad» no es necesarlamente fiel a la realidad. Porque los hechos que conoce nunca serán suficientes. Los hechos han sido comunicados por personas que los han recogido con mayor o menor rigor científico, que han añadido a ellos su particular interpretación, etcétera. Además, para decidir, sólo puede contar.con lo que hacen las personas, no con lo que son capaces de hacer debidamente motivadas.

El optimista ve más allá de estos datos y por eso necesita, en primer lugar, centrarse en lo positivo, en las posibilidades de mejora de la situación. Desde luego, tiene en cuenta las deficiencias pero sabiendo que en muchas ocasiones puede superarlas. Es decir, en una situación con graves limitaciones se trata de confiar en las posibilidades de las personas antes de juzgarlas por los hechos de la situación. Y esto no quiere decir no tomar estos hechos en serio.

Por ejemplo, si un hijo de catorce años ha suspendido varias asignaturas puede llegar a ser pesimista. Incluso el realista podría apoyarse en los datos y decir «hay pocas posibilidades de éxito» y es real. Sin embargo, el hijo optimista, sabrá que la finalidad no es sacar buenas notas, sino esforzarse lo más posible. Así.que dice a sus padres: «en esta evaluación voy a sacar adelante las matemáticas, ¡ya veréis! ». Luego le puede fallar la fortaleza, pero si en principio, realmente tenía una posibilidad de sacar las inatemáticas es un optimismo bueno y parte de la virtud.

Un hijo con padres autoritarios. que nunca han intentado comunicar con él podría pensar, «estos padres no valen para nada». Sin embargo, el optimista pensará, en primer lugar, en los méritos que tienen sus padres e intentará comunicar con ellos, aunque sea en pocas cosas.

No se trata de que los hijos adquieran la costumbre de minusvalorar aspectos de la -situación que tienen que vivir. Un optimista no realista podría disponerse, a salir con un grupo de compañeros, aunque sabía que se drogaban, porque confiaba en su capacidad de autocontrol. Eso es enfrentarse con una situación peligrosa innecesaria.

Después de estas consideraciones quizá podamos llegar a concretar un poco más qué tipo de atención pueden prestar los padres a sus hijos para que vayan desarrollando esta virtud de acuerdo con su edad.

Los niños pequeños necesitan vivir en un ambiente de alegría igual que los mayores. Esta alegría, en parte, será porque los padres se basan continuamente en los puntos fuertes de sus hijos, estimulándoles de acuerdo con sus cualidades y capacidades. Mostrarán su amor pero no intentarán protegerles demasiado de los pequeños fracasos o disgustos que puedan tener. Así los hijos aprenderán a confiar en sí mismos razonablemente y a confiar en sus padres. Cuando existe esta confianza, basada en el amor, las otras cosas en la vida toman otro matiz -ya no son determinantes-. La persona tiene raíces para aguantar.

En las diferentes situaciones los padres pueden enseñar a sus hijos a reconocer lo que es importante y lo que no lo es y continuamente mostrar cómo se puede sacar algo positivo de casi todo lo que ocurre. Para los niños pequeños lo principal es aprender a confiar,

Cuando van pasando los años, los niños necesitan más la virtud de la fortaleza para concretar sus posibilidades en algo realizable. Los sueños son buenos si se les reconoce como tales, pero el optimismo ya depende de que el hijo sepa que tiene una misión en la vida. No se trata de que se sienta importante, sino de que sea importante. A la vez debe seguir reconociendo lo sensato que es confiar en los demás y encontrar una alegría profunda en poner su vida al servicio de Dios. En esta segunda etapa, los niños deberían desarrollar la virtud de la generosidad actuando en favor de los demás y aguantando los disgustos por amor a Dios. Así estarán optimizando sus posibilidades como hijos de Dios.

Al llegar a la adolescencia es posible que el mundo en general les parezca tan lamentable que no hagan más que criticar. La crítica negativa no es compatible con el optimismo. Un análisis de los hechos sí, pero sin dejar de centrarse en las posibilidades.

Uno puede llegar a ser pesimista porque quiere intentar cambiar el mundo en lugar de servir lo mejor que pueda a las personas que tiene más cerca. Por otra parte, el adolescente necesita sentirse querido, aunque no admite este amor abiertamente. Si sale de lo conocido, quiere tener la seguridad de poder volver al hogar donde sus padres le aceptan tal como es.

El optimismo y la fortaleza conducen a la paz interior y a la alegría. Hay que vivir los dos para saber lo que son, pero el optimismo es mucho más que ver la botella de vino medio llena en lugar de medio vacía. Tenemos que centrarnos en las posibilidades de la situación, no en sus deficiencias.

Convendría destacar, no obstante, que el optimismo permanente sólo es posible si se sabe que Dios espera de cada uno de nosotros algo que no puede aportar otra persona. Y con tal de que pidamos su ayuda, todo será para nuestro bien.

Autor y fuente:  David Isaacs, "La educación de las virtudes humanas" Eunsa, Pamplona 1983.

 

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Actualizado ( Lunes, 28 de Diciembre de 2009 15:37 )  

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