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Discurso de Inauguración del Año Académico en la Pontificia Universidad Católica del Perú

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Discurso de Inauguración del Año Académico en la Pontificia Universidad Católica del PerúLección Inaugural.

Me invita el Decano a hacerme cargo de la bienvenida a la nueva promoción. Lo hace con la esperanza (y tal vez con el deseo) de que, estando por cumplir sesenta años en el ejercicio de la cátedra, acá en los primeros años de la Universidad, pueda hablarles del pasado. Pero he preferido, quizás basado en esos sesenta años, hablar del porvenir.

Al terminar la secundaria, el porvenir suele ser, para muchos, una incógnita, larga tiniebla sin asomos de luz.

A nosotros nos toca, acá en la Católica, aclararlo para que sea, como debe ser, una jubilosa convocatoria hacia el horizonte. Porque el porvenir, el futuro, no está allá lejos, ni es inaccesible, como suele creerse. Ahora que lo nombro acá ante ustedes, estoy en el instante inicial que nos conduce a él. No es que allá nos espera el futuro, al final de la ruta. Es que estamos empezando, acá y ahora, a construirlo. Lo vamos estructurando en la medida de nuestro esfuerzo y de nuestra clara vocación. No es ajeno a nuestras aspiraciones. Es el fruto de nuestros esfuerzos, en los que incluimos aciertos y errores, triunfos y derrotas, pero siempre empeño, siempre estudio, afirmando una vocación por el trabajo, que es vocación por el progreso, afirmando nuestra voluntad de realizarnos. Lo previno Sócrates, casi antes de ayer. A medida que nos vamos conociendo y realizando, vamos diseñando los caminos que construyen el futuro. Lo comprobaremos más tarde, cuando al término del camino, descubramos cómo en el pasado (es decir, ahora que estamos en el umbral de la vida universitaria), debimos corregir lo que no habíamos acertado a corregir en la escuela secundaria. Nos espera, pues, muchachos, harto trabajo. Pero trabajo en común; alegre, iluminado por nuestra vocación de realizarnos y de servir. Si así lo enten-demos, el futuro confirmará que constituyen ustedes una promoción promisoria.

Los diarios nos informan sobre la crisis de nuestro sistema educativo. Quiero partir de esa comprobada realidad, a fin de que, conscientes de esa aparente derrota, nos preguntemos qué debemos hacer, ustedes y nosotros, para lograr que la universidad pueda cumplir con su tarea esencial: educar para el porvenir.

¿Puede educar la universidad? Noventa y un años tiene la Católica empeñada en este trajín. Con ustedes me toca hablar de esa tarea. Educar es conducir hacia afuera las fuerzas dispersas que el estudiante tiene latentes, a fin de que, organizadas y depuradas, puedan ayudarlo a realizarse. Es decir, ayudarlo a 'ser'. Partimos de una certeza: en el estudiante hay posibilidades. Esas posibilidades son las que, de alguna u otra manera, se detectan en las diversas pruebas de admisión. ¿Qué debemos hacer, acá en la universidad, con ese muchacho? Estas palabras de bienvenida quieren explicarlo.

 

HACIA UNA NUEVA FE

La universidad implica reflexión, curiosidad profunda y constante en el tiempo. Supone, sobre todo, tolerancia con las ideas ajenas, base imprescindible para que las propias sean recibidas con esperable atención y puedan suscitar el necesario debate. Porque somos una casa en continuo debate esclarecedor. Si no hay tolerancia, no hay investigación ni hay debate, no hay universidad. A medida que avancemos en nuestros estudios, iremos descubriendo (y reconociendo) nuestras ignorancias. Estos son imprescindibles ejercicios cuya vigencia salva a la universidad del escándalo, porque la reducen al trabajo silencioso de cátedras, seminarios, laboratorios y bibliotecas.

Cuando el alumno se inscribe en estos ejercicios y aprende a armonizar talento y voluntad, advierte cómo va asumiendo de veras el compromiso universitario, al mismo tiempo que se descubre participando en la responsabilidad política que a la universidad alcanza. Porque el prestigio cultural de un país no se mide por el número de universidades, así como el prestigio de una universidad tampoco lo anuncia el número de alumnos. Lo que al mundo científico interesa es qué investigan y publican los profesores y estudiantes de una casa universitaria. Una sola universidad, abocada a su tarea esencial, puede sentar el prestigio intelectual de un pueblo, antes que decenas de instituciones audazmente llamadas universitarias.

 

GRAN OBJETIVO: EL MÉTODO

Para que el alumno se acostumbre a este nuevo enfoque, la universidad propicia maneras científicas de comportamiento. El alumno debe aprender a estudiar y trabajar científicamente. Debe adquirir conciencia de que por un solo camino se aprende a avanzar mejor que por varios caminos a la vez. Así podrá descubrir durante la marcha cómo ese camino singular está cruzado de avenidas y senderos que lo intercomunican con otras vías; tropezará con obstáculos que irá aprendiendo a salvar (a veces con ingenio, con pena otras) hasta llegar a la gran plaza en que se juntan todas las ciencias. Ya entrenado en atravesar valles y escalar cerros, cruzar a nado ríos interminables y salvar distancias profundas, debemos subirlo al helicóptero para contemplar la vasta dimensión del saber adquirido con ese esfuerzo.

Ese día habrá comprobado que todos los caminos se juntan en la plaza del saber. Para que esa realidad no sea un triste espejismo, la universidad propone el método.

Cuando mencionamos el método, los alumnos suelen creer que hablamos de lo que ellos deben realizar. Se trata de lo que debemos realizar conjuntamente. El método nos junta y conjuga: supone un esfuerzo creador común de maestros y estudiantes.

 

QUÉ ESPERAMOS DEL ESTUDIANTE

El responsable del método es el profesor.

De su método depende que el conocimiento sea visto por el estudiante como un quehacer constante, que vive una vida de perpetuo equilibrio, una dynamis. El método nos permite lograr que el estudiante se incorpore al quehacer científico, y eso tiene que ver con el estudio. Desde aquí puedo mirar al estudiante. Con ustedes tiene que ver lo que digo ahora. Necesitamos prepararlos para esta tarea de compartir con nosotros el conocimiento, a fin de que puedan ustedes, con su propio esfuerzo, superarlo por cuenta propia. Por eso vuelvo sobre el tema de la memoria. El estudio al que debemos convocarlos exige una decisión voluntaria, habida cuenta de que hay en ustedes una aptitud natural para la tarea inteligente.

¿Qué es el estudio? No una actitud pasiva ante el conocimiento y frente a los libros. Es un entrar en y no un estarse-a-la-espera-de. Se trata de un entrar voluntario y entusiasta, movido por una gana auténtica de conocer. Un entrar en el conocimiento, para un fin concreto: sentirnos a nosotros mismos descansar en un querer conocer. Esa actitud voluntaria debe ser muchas veces respuesta a nuestros estímulos, a nuestra prédica, a nuestra asistencia viva y cordial, a nuestra buena amistad intelectual. Y para que esta empresa pueda ser exitosa, el estudiante no debe confiar ciegamente en su memoria. Tal como fue favorecida en el colegio, la memoria nos impide participar conscientemente en el esfuerzo por aprehender la esencia de las cosas. Pero no estamos invitando a negarla, a desterrarla. Debemos solamente comprender que es un valioso auxiliar para asegurar lo creado y guardarlo como estímulo de las creaciones venideras. Sirve para conservar lo alcanzado. Pero no conduce al conocimiento. No lo genera. No lo enriquece. Solamente lo atesora.

 

QUÉ HACEMOS CON EL CONOCIMIENTO

A la universidad le preocupará siempre qué enseñar y cómo enseñarlo. Creciendo y renovándose como crece y se renueva hoy el conocimiento, está muy puesto en razón que no podemos enseñar todo. Lo que nos toca hacer a los profesores es enseñar a aprender. Solamente una metodología activa. La universidad debe poner énfasis en las ideas simples, priorizar la actividad espiritual, elegir las nociones de más amplia comprensión.

Basta seguir el aleccionador ejemplo de la Matemática. Solo una metodología activa puede conducir al triunfo de sí mismo. Cada día es más fácil mostrar al mundo las ideas simples y las ideas fundamentales, y es fácil mostrar en qué medida tales ideas se hallan presentes en las más concretas y variadas situaciones. Si, enterados de estos propósitos, nos ponemos a trabajar, podemos confiar que alcanzaremos a construir un porvenir del tamaño de la esperanza.

Fuente: Discurso de inauguración del Año Académico 2008 en la Pontificia Universidad Católica del Perú, por Luis Jaime Cisneros.


 

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Actualizado ( Lunes, 27 de Julio de 2009 16:14 )  

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