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La Dimensión Orientadora del Trabajo del Profesor, Educador o Maestro

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La Dimensión Orientadora del Trabajo del ProfesorEl hombre debe saber responder a preguntas como ¿De dónde procede nuestra noción del bien, y cómo ilumina esa noción adquirida nuestros actos concretos? Y nuestra respuesta tiene que ser la única: que esa noción procede del conocimiento que la inteligencia natural puede tener y tiene de lo que es la persona humana y de Dios como Principio y Fin, y de nuestra libertad creada por Dios y para Dios.

En el principio mismo de la vida consciente – por impreciso que ese momento pueda parecer a la memoria de cada uno y a la psicología evolutiva- el niño tiene una noción suficiente de sí mismo y de Dios y del propio albedrío.  Este conocimiento orienta enseguida la actitud moral, pone en ejercicio la libertad e implica la responsabilidad consiguiente.  Cada persona sabe que debe hacer el bien, y se sabe culpable si no quiere hacerlo: en definitiva sabe que debe ser bueno, que debe querer a Dios  y a las otras personas. 

Cada hombre es un sujeto irrepetible, protagonista principal de su propia historia.  Nadie puede ser educado en lugar del otro, el tema existencial no compete sólo al filósofo sino a todo hombre.  La persona en cuanto ser inteligente, tiene conciencia de sí mismo y puede disponer de sí, se auto pertenece y tiene dominio de sus propios actos porque posee libertad, una libertad que tiene sentido unida a la verdad y que orienta su actuar y sus necesidades morales.

Lo expuesto, compromete al profesor en una doble dirección: enseñar a conocer y enseñar a vivir a sus alumnos. La educación ha de ser una tarea de riquísimo contenido que, partiendo de la unidad radical de la persona se dirige a un desarrollo completo y armónico del hombre, tanto en el plano humano como el trascendente.  Y en cuanto se dirige a personas libres, la educación debe responder al intento de estimular a un sujeto para que vaya perfeccionando su capacidad de dirigir su propia vida, es decir, desarrollar su capacidad de hacer efectiva la libertad personal, participando con sus características peculiares, en la vida comunitaria. 

La orientación educativa es, por tanto, un proceso de ayuda a la adquisición de la madurez personal procurando a través de múltiples estímulos y en situaciones muy diversas,  facilitar al educando el libre desarrollo de su capacidad, a través de la adquisición de conocimientos, hábitos y destrezas, que le faciliten el dominio sobre sus propios actos.  Un proceso que permita al alumno formular su proyecto personal de vida y le ayude a fortalecer su voluntad de modo que sea capaz de llevarlo a término, al tiempo que desarrolla su capacidad de amar.  Es un proceso en el que la cooperación entre maestro y alumno supone una interacción por la que los dos se perfeccionan mutuamente.

El hombre dotado de alma espiritual, no está sujeto a determinaciones internas de su voluntad impuestas por el instinto, por lo que no responde necesariamente a estímulos externos como los seres irracionales.  Educar es mucho más: ayudar a otro a desarrollar con libertad sus propias capacidades, a fortalecer su voluntad de modo que logre dominar sus tendencias instintivas, enseñarle a buscar la verdad y a vivir conforme a la verdad hallada; sin olvidar la necesidad de que el educando coopere activamente con sus educadores en el estudio de su situación, en la selección de unas metas asequibles y de los medios para lograrlas, sin caer en la pasividad ni en la dependencia.   Precisamente por su radical dignidad, el hombre es titular de un derecho inviolable a ser respetado en su conciencia, por lo que nadie tiene porque invadir la intimidad del otro, intentando gobernar su vida desde fuera.  Admitir este principio es tan esencial que no se puede admitir la educación de otra forma. 

El entendimiento le permite al hombre distinguir en su interior el bien del mal y captar el correspondiente deber de hacer lo bueno y evitar lo malo, que se presenta a la conciencia personal bajo la forma de un mandato dirigido a nuestra voluntad.  Es por ello, que la libertad del hombre invita a fundar la educación sobre estímulos positivos que despierten el deseo de hacer el bien, de cumplir con el propio deber.

El reto que tiene el educador es grande y para conseguirlo, la primera condición es la propia competencia profesional en la materia que explica, manteniéndose al día con el estudio continuado, porque sin competencia profesional ni podría transmitir conocimientos, ni podría formar a sus alumnos como personas; y la segunda –desde mi punto de vista- plantearse la tarea de educar de modo integrador y armónico recuperando la metafísica del ser y para ello ha de conseguir que su propia tarea sea un acto ético: debe actuar éticamente, como persona que se dirige a personas, y dar a esa relación recíproca que se establece  un sentido moralmente bueno: ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias. 

La propia vida del profesor, en cuanto los alumnos puedan percibirla, debe estar siendo un testimonio de la primacía de lo ético.  Ha de ser un buen profesor siendo un profesor bueno y para ello debe tener una suficiente formación humanística básica, que le permita a él mismo integrar el sector al que se dedica habitualmente.

Docencia y orientación no pueden separarse, ni se puede concebir la orientación como un añadido a la función docente.  Se trata, de una condición necesaria para cumplir con la obligación de enseñar y formar a nuestros estudiantes con la debida idoneidad y eficacia.  Por eso la programación de cada materia ha de prepararse no como un fin en sí, sino como un medio para educar íntegramente al alumno.  En ese sentido, el profesor Mager señala: “nunca insistiré demasiado en el peligro de que un profesor se pierda en un laberinto –construido por él mismo- interminable, si no se plantea claramente qué es lo que pretende que sus alumnos sean capaces de hacer al término del curso”. 

Considero incluso, más que plantearse “qué es lo que pretendemos que los alumnos sean capaces de hacer” adquiriendo determinadas destrezas, nosotros como educadores debemos buscar cómo ayudar a cada persona a desarrollar sus propias cualidades, a encontrarse consigo mismo y  a reconocer la ley natural que está grabada en el alma de todos y cada uno de los hombres para dirigir su vida y actos; esto es,  debemos procurar ayudarle a “ser mejor” a buscar libremente el bien, más que a “hacer bien” algunas cosas.  Se trata de hacerle  ver el porque de la bondad o de la maldad ética de una acto determinado.  Hacerle comprender que la ética es objetiva y no arbitraria.  Ayudarle a que entienda no ya lo que pasará después, al final, sino lo que le está pasando ya, cuando hace el bien o cuando hace el mal.  El hombre bueno, que hace el bien, se está haciendo más bueno cuando hace el bien: va adquiriendo hábitos, capacidades, virtualidad, se está convirtiendo en un hombre íntegro.

Por ello, un buen maestro no puede limitarse a impartir bien sus clases y a evaluar a sus alumnos, sino que ha de realizar una verdadera orientación personal, porque  la educación tiene que incidir en la totalidad de la persona de los alumnos, sin limitarse a una mera transmisión de conocimientos. 

Profesor, educador, maestro, han de considerarse diversos modos de expresar una misma realidad: la del profesional de la enseñanza que se compromete con la formación completa de sus alumnos porque quiere ayudarles a desarrollar en el mayor grado posible sus cualidades personales. 

En este sentido se expresa el profesor Gonzales-Simancas: el concepto y término del  profesor, sin más adjetivos, aúna sus dos compromisos esenciales.  En primer lugar, su compromiso con el área de conocimiento que cultiva y enseña, que es determinante de su profesión y sin el cual, por buen educador que sea, dejaría de ser profesor o podría confundirse con esa otra gama  de educadores que han surgido como remedio o complemento de ese incompleto profesor al que se llama enseñante, funcionario o profesor sin vocación para la enseñanza.  En segundo lugar, su compromiso con la persona entera de sus alumnos.  No es buen profesor el que considera a sus alumnos tan sólo como tales, estrictamente en su rol de alumnos y no como personas: con su nombre, con su modo de ser y de aprender, con su corta o larga biografía, y con su contexto peculiar (familiar, sociocultural, económico, etc.)

Cuando un maestro realiza la programación de las diferentes materias, ha de procurar presentar a los alumnos el sentido de su trabajo, ayudarles a adquirir hábitos morales e intelectuales, a formar su propio criterio, a ejercer las virtudes de la convivencia, siempre al hilo de las actividades diarias y actuando con libertad. En todos los niveles de enseñanza se experimenta la necesidad de una integración de los conocimientos, sobre todo en función de nuestro alumno. 

Un buen maestro nunca debe olvidar que el fin del quehacer educativo es enseñar a amar.  Pero sólo es amor si se ama y si se quiere en libertad.  La educación ha de impartirse en un clima de amistad, que es amor recíproco de benevolencia que supone libertad.  Este amor es el que hace elevar al amado tanto cuanto puede y bajarse al que ama lo conveniente, para hacerle más fácil la comunión de vida y la comunicación de bienes. 

La  Filosofía es sabiduría y como actividad humana se ordena al bien de la persona  que es el fin del hombre: la plenitud del amor.  Es el  saber de todo hombre que vive humanamente.  Los educadores tenemos el deber de recuperar ese conocimiento científico y sapiencial del ser y mantenerlo unido al tema ético, para proporcionar al alumno una visión  integral que le ayude a ser mejor persona, perfeccionando sus facultades específicamente humanas: su entendimiento y voluntad con vistas a la entrega, acción donal que lo hace más humano. 

Cada profesor, cualquiera que sea su especialidad o rama del saber o de la ciencia que cultive, debe tener “también” una suficiente formación humanística básica, que le permita a él mismo integrar el sector al que se dedica habitualmente.  Ese profesor, así formado, tendrá a su vez que fomentar en sus alumnos ese interés por lo integralmente bueno, evitando que se polaricen demasiado hacia conocimientos de tipo técnico, que sólo lo capacitarán para el ejercicio de una profesión o para obtener un buen rendimiento de su trabajo.  Para ello, los centros de enseñanza deben generar o aprovechar cada oportunidad que se presente, para capacitar y formar a sus maestros en temas antropológicos y éticos  que les den una idea clara del fin de la educación: ayudar al educando a que se haga más capaz de conocer y de amar.

No hay un solo hombre que, de un modo u otro, advirtiéndolo explícitamente o no, y en algunos momentos  - los mejores – de su vida, no haya hecho y haga filosofía, porque en relación al bien último y total de la persona humana, la filosofía es muy útil, se encuentra con los más profundos anhelos de conocimiento y con la fe religiosa; y porque sencillamente parte del asombro y contemplación del mundo en  que vivimos.

Hay que aprender Filosofía – de quien la pueda enseñarla - como saber que responde adecuadamente, aunque de modo progresivo y laborioso, a la pregunta que interroga por el ser, para luego hacer filosofía con prudencia, con justicia, con fortaleza y con templanza.  La elección de los maestros que transmitan este conocimiento y con esas virtudes es de suma importancia, porque una ligereza, cualquiera que sea su causa, se paga siempre muy cara, más que en el aprendizaje de cualquier otro conocimiento (con la sola excepción del saber de la Fe, que mira más directamente a Dios a nuestro fin, y que por eso requiere aún más prudencia y rectitud).  San  Pablo dice “oportet sapere ad sobrietatem” conviene usar la sobriedad en el saber, especialmente en el saber, para saber bien lo que el hombre puede saber, que es bastante y llega a Dios, pero que no es todo.  Considerando que para conocer bien, sobre todo hay que tener en el alma un buen amor; su objeto verdadero es lo que tiene acto de ser y, en ultimidad, el Acto Puro de Ser, que es Dios. Y Dios es Amor.

El aula debe ser para el maestro el lugar de su perfeccionamiento humano y profesional a través de la búsqueda de un estado más perfecto de la persona del alumno, influyendo espiritualmente en él por medio de la enseñanza.  En el aula y fuera de ella debe ser orientador, un experto en la enseñanza y  además  modelo de los valores educativos que se pretenden alcanzar. No puede limitarse “a transmitir” un cúmulo de conocimientos sin tratar de que los alumnos encuentren el significado o el sentido que esos conocimientos científicos tienen, no sólo para la ciencia, sino para la sociedad de los humanos y para ellos mismos.  El compromiso con la formación moral a través de las enseñanzas no supone una función sobreañadida al quehacer ordinario, ni tampoco significa “moralizar continuamente” descuidando la formación intelectual de los alumnos.  Implica un compromiso serio de capacitar y formar de modo integral al alumno dentro de una  educación de calidad.

La orientación personal mira a la persona en conjunto, y persigue ayudar a un sujeto para que sea capaz de comprenderse, de comprender el mundo y de vivir humana y eficazmente en él; siendo  dueño de sus actos y conciente de quién es y puede uno mismo.  Toda persona y más un adolescente que se cree capaz de todo en el mundo, debe aprender que vivir es poseerse y dominar el ambiente.  Por ello un  buen maestro debe conseguir una verdadera orientación personal, que incida en la totalidad de la persona de cada uno de los alumnos, respetando en todo momento su individualidad y libertad.  Los alumnos nos esperan –como escribe Genara del Castillo en uno de sus libros- apasionémonos en la tarea de tratar de ayudarles, perfeccionándonos también nosotros y contribuyendo así con las nuevas generaciones haciéndolas más humanas y menos mundanas.


Autor: María del Carmen Dongo

Bibliografía de apoyo:

• En torno al hombre. Introducción a la Filosofía de José Ramón Ayllón. Novena edición. Ediciones RIALP, S.A. Madrid.
• Ética del quehacer educativo de Carlos Cardona. Segunda edición.  Ediciones RIALP, S.A. Madrid.



 

Comentarios (1)Publica tu comentario
1

graciela bustos comentó:


Un buen amor
Coincido en la mayoria de los conceptos, es verdad que todos llevamos un poquito de los maestros que tuvimos o tenemos pero nuestra marca a fuego en educación no es genetica sino familiar, nuestra primera escuela es la familia donde crecimos, en la educación formal nos perfeccionamos.

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marzo 30, 2009 19:09:14
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busy
Actualizado ( Miércoles, 18 de Febrero de 2009 15:47 )  

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